Una Toyota Hilux producida en Zárate fue donada a la Base Marambio, en la Antártida Argentina

La Toyota Hilux en la Base Marambio, después de un largo viaje en el Hércules.

La empresa japonesa donó una camioneta y un cronista del diario Clarín acompañó en el viaje hasta el continente blanco.

Son las 15:03 y los 32 pasajeros del Hércules C130 TC-70 descienden ordenadamente tratando de no tropezarse con las guiás y ganchos del suelo de la aeronave. Saltó un aviso en el sistema y hay que revisarlo.

El vuelo que tiene como destino final la Base Marambio, en la Antártida Argentina, con escala previa en Río Gallegos, se va a demorar un poco.

Dentro de este buque de carga con alas y hélices, viaja una Toyota Hilux, amarrada con ganchos y cadenas, que también deberá esperar al nuevo informe de vuelo.

Se trata de una unidad que salió de la línea de montaje de la fábrica que la marca japonesa tiene en Zárate. Es la versión GR S (por el Gazoo Racing Sport, la división deportiva de Toyota), que tuvo que ser adaptada especialmente para funcionar a bajas temperaturas y que formará parte de la flota de vehículos de la base austral argentina.

Un integrante de la Fuerza Aérea informa rápidamente del problema del avión: “Saltó un aviso por el aire acondicionado. Están haciendo las pruebas”.

Cualquiera imaginaría que después de detectar el problema, el paso lógico para poder volar será solucionar ese inconveniente. El tiempo que podría llevar su reparación es incierto.

A los pocos minutos, un nuevo informe: “El problema persiste. No es recomendable viajar a 18 mil pies de altura (unos 5 mil metros) sin climatización”.

Pero la solución es más rápida y eficiente que lo que cualquier optimista hubiera pensado: “Vamos a cambiar de avión. En un par de horas estaremos listos para salir”. Claro, son la Fuerza Aérea.

Ahora hay que esperar a bajar toda la carga organizada en pallets que se había acomodado detrás de la Hilux y llevarla al segundo Hércules C130 que estaba estacionado en la pista de la Base Aérea de El Palomar.

Ese contratiempo resultó siendo positivo a pesar de la pérdida de tiempo. El segundo Hércules es el TC-61, la historia viva de esta aeronave en la Argentina. Es que se trata de la primera unidad que adquirió la Fuerza Aérea y que en diciembre del año pasado cumplió 50 años de servicio.

Lleva más de 26 mil horas de vuelo y contando. Por supuesto que está adaptada y modernizada con tecnología más actual.

Ese tiempo de espera también sirvió para conocer la historia de un tercer Hércules que está dentro de uno de los hangares de la base. Se trata de un avión que sirvió en batalla como bombardero en operaciones secretas.

Su adaptación se realizó en la Argentina y en el lugar en el que van los tanques auxiliares de combustibles, colgados sobre las alas, se instalaron las estructuras necesarias para que pudiera portar bombas.

Prestó servicio durante la Guerra de Malvinas, en 1982, pero su accionar no se conoció hasta que se desclasificaron los informes secretos durante la dictadura militar. Razón por la cual, pilotos y tripulantes recién serán condecorados este año con la Medalla al Honor.

En la actualidad, ese Hércules es uno de los mayores orgullos de la Fuerza Aérea.

Hay que volver a subir. Ya está todo en su lugar. Solo faltan los pasajeros, que de nuevo nos vamos acomodando con cuidado en los “asientos”. Son una especie de camilla plegable y colgante, con una lona que oficia de cojín y una red de correas que hace las veces de respaldo.

El cinturón de seguridad es abdominal como en la mayoría de los aviones comerciales, pero la hebilla es diferente: hay que mirarla bien para entender cómo se engancha.

Es que no hay azafata que controle si el cinturón está ajustado ni indicadores que avisen cuándo hay que hacerlo. Sólo unas luces en el techo del fuselaje están en blanco cuando el avión está en ascenso o descenso y se pone verde cuando se alcanza la altura crucero.

Tampoco nadie pide que se coloquen los teléfonos celulares en “modo avión” ni que está prohibido fumar, incluso en los baños… Eso no será un problema porque baños no hay, sólo un improvisado espacio destinado a una urgencia.

No hay mucho lugar, ni tampoco mucha comodidad. Pero lo que sí sobra es ruido. Los cuatro motores Rolls-Royce, de 4.000 caballos cada uno, rugen de manera constante y vibrante. Sin tapones en los oídos, viajar en un Hércules puede ser una experiencia traumática.

El carreteo inicia con energía pero el despegue lo realiza con una suavidad sorprendente. Ya en el aire, nada va a perturbar el avance de este gigante de los cielos. Las turbulencias no se sienten, sólo se pueden advertir por el movimiento de las suspensiones de la Hilux que sacuden su carrocería.

La camioneta va amarrada desde los largueros del chasis con cadenas especiales, las mismas que utilizan para sujetar máquinas viales dentro del Hércules.

Aunque no tiene el aspecto de un avión comercial de pasajeros, todo lo que va adentro va sujeto. Las valijas y bolsos, por ejemplo, viajan sobre camillas que se colocan sobre las paredes del fuselaje y todo va amarrado con eslingas.

Entre la ansiedad, el monocorde estruendo de los motores (amortiguado por los tapones en los oídos) y la suavidad con la que parece surcar el cielo, las cuatro horas y media de viaje hasta Río Gallegos, en Santa Cruz, se pasan rápido. Pero las vibraciones en el cuerpo durarán un poco más.

En la mañana del segundo día la partida se adelanta. El clima está bueno y eso no tiene precio en la ruta hacia el continente blanco.

De los 16 tripulantes que tiene este viaje, 2 son meteorólogos y están constantemente analizando las variables climáticas que pueden afectar al vuelo.

Dos horas después de haber partido de Río Gallegos, se empiezan divisar pequeños témpanos. Esos bloques de hielo dan lugar a gigantescas lenguas blancas que empiezan a dominar el cuadro en el que hace minutos reinaba un azul bien oscuro.

Las luces blancas del interior se encienden y eso da aviso que iniciamos el descenso hacia la Base Marambio. No hay turbulencia ni movimientos raros del avión, pero la tripulación está más quieta y otros pasajeros que ya habían bajado adoptan una postura más erguida.

La pista de aterrizaje tiene una longitud de 1.600 metros y es de tierra. El Hércules C130 es la aeronave más exitosa de la historia de la aviación, pero ese aterrizaje paraliza a todos. Hasta pareciera que los rugidos de los motores se silenciaron.

¡Pum!

Golpea el tren de aterrizaje contra la tierra apisonada de la pista y el avión rebota.

¡Pum! Otro rebote. Y uno más. Recién a partir de ahí se siente que las ruedas pisan firme sobre la meseta en la que está emplazada la base. Frenos a fondo y una nube de polvo obstaculiza la escasa visión que se tiene por las pequeñas ventanas laterales.

El Hércules detiene su marcha y rápidamente la tripulación comienza el proceso de descarga.

La llegada del avión genera mucha ansiedad y entusiasmo en los que están en la base. La mercadería que trae, ver caras nuevas o conocidas, pero diferentes a las que se cruzan todos los días, o simplemente porque es ese vuelo el que los llevará de regreso a casa.

La estrella en esta ocasión es la Hilux que reemplazará a la unidad que la marca japonesa había enviado en 2014, a la que tan sólo le han podido hacer poco más de 4 mil kilómetros, pero que ha tenido su motor en marcha unas incontables cantidad de horas.

La Toyota Hilux de la Base Marambio, que se subió al vuelo de regreso.

Apenas dos horas duró la visita a la base. Los meteorólogos advirtieron que existía la posibilidad que el clima se enrarezca y la decisión fue rápida: en media hora regresa el Hércules.

Apenas si hubo tiempo para conocer la flamante estación argentina de rayos cósmicos, que busca comprender el origen de estas emisiones energéticas y ser capaz de alertar sobre fallos en los sistemas de geoposicionamiento y los satélites.

Una veintena de científicos se acomodan en el Hércules. Su tarea está concluida en esta ocasión, al menos parcialmente. Se les nota en la cara la satisfacción de volver a casa pero con una mueca de nostalgia.

La intranquilidad que genera el turbulento carreteo por la pista irregular desaparece rápidamente una vez que la mole de acero gana sustento y se despega del suelo.

Por las ventanillas se ve el horizonte blanco que se va achicando a medida que el avión se eleva.

Y en la mente aparece la frase que utiliza la Fuera Aérea para referirse a la Base Marambio: “Cuando llegaste apenas me conocías. Cuando te vayas me llevarás contigo”.

Fuente: Clarin

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