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Pescador del Paraná: Matías y un oficio que atraviesa generaciones
Zárate suele reconocerse por su industria, sus fábricas y su movimiento portuario, pero hay otra identidad que convive con esa postal y que nació mucho antes, a la orilla del Paraná.
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Zárate es una ciudad industrial, pero también es una ciudad de río. La pesca forma parte de esa historia y todavía hoy es el sustento de familias de la ciudad y de la zona de islas.
Matías tiene 23 años y pesca desde los 7 u 8. Lo aprendió en familia: “Me enseñó mi papá directamente y su papá le enseñó a él, así sucesivamente”. Hoy comparte la actividad con parientes que llevan años pescando, algunos de ellos del lado de la isla.
Las jornadas empiezan temprano y están atadas a las condiciones del Paraná. “Acá se viene, ponele, a las 7 de la mañana”, cuenta. Hay días en los que directamente no conviene salir y otros, especialmente durante el verano, en los que el trabajo cambia por completo: “Yo normalmente, cuando estaba pescando para mis primos, en el día sacaba 70 kilos de pescado, de 6 de la mañana a 6 de la tarde”.
Por estos días salen principalmente bagres y patí y, con la llegada del calor, empiezan a aparecer el dorado y la boga. Pero pescar es apenas una parte del trabajo; después hay que vender. “Para sacar una sarta de bagre tenés que estar todo un día y la tenés que vender 20 mil pesos. Y no te la quiere comprar la gente”, explica. Cuando consiguen mayor cantidad, recurren a compradores que trabajan con volumen.
Aun con jornadas largas y resultados inciertos, cuando Matías habla de la pesca queda claro que el vínculo no pasa solamente por el ingreso. “A mí me encanta la pesca, es una cosa de no creer. Si fuera por mí viviría acá directamente”. Y agrega: “Me ha sacado de las peores. Cuando no he tenido trabajo, el pescado siempre me ha dado para la comida de todos los días”.
La historia tiene también su pequeña contradicción: después de tantos años pescando, Matías no come pescado. “La verdad, me asquea”, admite. Los fines de semana trabaja como parrillero y durante la semana dedica buena parte de sus días al Paraná.
Estar tantas horas sobre el agua también deja anécdotas y riesgos que desde la costa difícilmente se perciben. “Casi me arranca la mano un dorado. Me arrancó un pedazo de la canoa con una mordida nomás”, recuerda. También menciona el paso de los barcos mientras están recorriendo el río y el caso de un amigo que fue chocado por una embarcación durante una noche de niebla y logró salvarse agarrándose de ella.
Habitualmente son alrededor de cinco, aunque durante el verano se suma más gente. “Si está más movido, vamos llamando a más gente, si quiere ganarse un billete”, cuenta.
Matías es uno de tantos. Su historia permite ponerle voz a quienes vemos llegar y partir en sus canoas desde la costa y conocer qué hay detrás de una escena tan cotidiana en Zárate. A los 23 años hizo suyo un oficio aprendido de chico, el mismo que todavía sostiene a familias de la ciudad y las islas y mantiene vivo un vínculo con el Paraná que también forma parte de nuestras raíces.